Give your website a premium touchup with these free WordPress themes using responsive design, seo friendly designs www.bigtheme.net/wordpress

23 Oct [ Dejémonos encontrar por Él ]

Lucas 18, 9-14

El domingo pasado, Lucas nos presentó la parábola de “la viuda y el juez”, con la que se mostraba la fuerza de una oración perseverante.

Hoy, en su camino a Jerusalén, Jesús continúa la catequesis con sus discípulos sobre la oración continúa con otra parábola, la “del fariseo y el publicano”.

La parábola de hoy nos muestra la eficacia de la oración, que no depende de la bondad del orante, sino ante todo de la bondad de Dios, quien escucha y responde las plegarias.

Igualmente se denuncia un mal hábito, lastimosamente expandido entre algunas personas piadosas que, piensan que la salvación depende de su esfuerzo solamente, razón por la cual se vuelven excesivamente rígidas en el cumplimiento de las normas y olvidan que la salvación es un don de Dios.

El tema de hoy es motivante de nuestra vida como cristianos: LOS MODOS DE ORAR. Hablaremos de los dos modos como podemos enfrentar las diversas situaciones de la vida, tanto a nivel individual como comunitario.

Primer modo: CON ARROGANCIA

“A propósito de algunos que se sienten seguros de sí mismos por creerse a paz y salvo con Dios y desprecian a los demás, dijo Jesús esta parábola: ‘Una vez subieron al templo dos hombres a orar: uno era un fariseo y el otro, un recaudador. El fariseo se colocó aparte y empezó a orar así: Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás, ladrones, desleales, adúlteros; ni como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

Muchos creemos que Lucas sólo está hablando de los fariseos del tiempo de Jesús. ¡En absoluto! Se refiere a quienes, con su manera de ser, se convierten en cristianos fariseos.

La situación del cristiano fariseo es lo que no dice y la actitud que tiene ante sus hermanos. No dice nada sobre su comportamiento, solamente tiene en cuenta sus méritos. Peor aún, se compara con su hermano, afirmando que Dios lo escucha a él y no al pecador, que es su hermano.

El cristiano fariseo no tiene cómo ser perdonado, pues, ¡ni siquiera ha tomado conciencia de sus errores!

El fariseísmo es presentado como la tentación permanente del cristiano. Lucas nos hace ver que la condición de discípulos no debe llevar a la soberbia y al desprecio de los demás.

El cristiano fariseo es aquel que habla de una manera y actúa de otra, un hipócrita, un incoherente. Esa incoherencia está presente en el comportamiento de muchos cristianos y es una peligrosa posibilidad para los que pertenecemos a la Iglesia.

El cristiano fariseo ora a Dios, pero en verdad se mira a sí mismo. ¡Ora a sí mismo! En vez de tener delante de sus ojos al Señor, tiene un espejo. A pesar de encontrarse en el templo, no siente la necesidad de postrarse delante de la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, ¡casi como si fuera el dueño del templo!

El cristiano fariseo, más que orar, se complace en la propia observancia de los preceptos, del cumplimiento de las tradiciones y no permite nada diferente a esto. Además, su actitud y sus palabras están lejos del modo de actuar y de hablar del Señor, quien ama a todos los hombres y no desprecia a nadie.

El cristiano fariseo desprecia a los pecadores, cuando señala al otro que está orando, pero no tiene en cuenta que su mirada depende de lo que tiene en su corazón. Quien juzga una actitud, es porque la está viviendo o la ha practicado. Si no la conociera, no la podría reconocer en el otro. Aquel cristiano fariseo, que se considera justo, no tienen en cuenta el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo.

El cristiano fariseo, que está tan seguro de sí mismo que no necesita ni a los demás ni a Dios, vuelve a su casa sin ser justificado, sin abrirse al Dios de la Misericordia, que puede llenar su vida de un hondo sentido.

El cristiano fariseo de hoy, se siente satisfecho de sí mismo y seguro de su valer, un ser humano que se cree siempre con la razón. Posee en exclusiva la verdad y se sirve de ella para juzgar y condenar a los demás. Siempre juzga, condena, clasifica. Él siempre está entre los que poseen la verdad y tienen las manos limpias.

El cristiano fariseo no cambia, no se arrepiente de nada, no se corrige. No se siente cómplice de ninguna injusticia. Por eso, exige siempre a los demás cambiar, renovarse y ser más justos.

Lo dice gráficamente Jesús: a un individuo lleno de salud y fortaleza no se le ocurre acudir al médico. ¿Para qué necesitan el perdón de Dios los que, en el fondo de su ser, no se sienten pecadores?

¿Cómo van a agradecer el amor inmenso y la comprensión inagotable de Dios, si se sienten protegidos ante Él por la observancia escrupulosa de sus leyes?

Es necesario aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es ahí donde el Espíritu Santo nos encuentra y nos habla. Solamente a partir de allí podemos encontrar a los demás y hablar con ellos.

El cristiano fariseo se ha encaminado hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber perdido el camino de su corazón.

El cristiano fariseo no es consciente que detrás de toda su armadura, lo que hay es una persona llena de temores y que ha decidido vivir en medio del miedo.

Segundo modo: CON FRAGILIDAD

“En cambio el recaudador se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Les digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La invitación que nos hace esta parábola es a reconocernos frágiles y limitados, que como seres humanos, vivimos en un permanente proceso de construcción. Reconocer que solos no podemos, nos abre a la riqueza de los otros y del Otro, de Dios mismo.

Nosotros, como el publicano (recaudador de impuestos), si nos abrimos al poder del Espíritu Santo, tendremos ojos para ver nuestros errores. Nuestra única petición es de misericordia, es decir, pedir perdón.

La parábola nos enseña que se es justo o pecador, no por la propia pertenencia social, sino por el modo como me relaciono con Dios y con los hermanos.

El cristiano publicano actúa como un humilde, seguro sólo de ser un ser necesitado de piedad.

El cristiano publicano mendiga la misericordia de Dios, presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose limitado, esperando recibir el amor del Señor.

El cristiano publicano se permite sentirse frágil, pero ha tomado la decisión de vivir en el amor, en cada situación que se presenta en su  vida y que es parte del aprendizaje que lo llena de experiencias gratificantes, reconociendo siempre la grandeza de un ser que lo motiva y lo llena en cada momento de su vida.

En síntesis, la parábola “del fariseo y el publicano”, es una invitación a reflexionar si somos como quienes se presentan ante el Señor, con la equivocada convicción de que son “justos”, que están perfectamente sintonizados con la voluntad de Dios por el simple hecho de poner en práctica las normas legales, culturales, tradicionales, establecidas por los hombres, pero al mismo tiempo que desprecian a los demás.

Lucas nos invita a tomar la decisión de convertirnos en seres llenos de amor y luz para los demás, dejando de pensar en el sólo cumplimiento de la ley, viviendo radicalmente el mensaje y la invitación de Jesús de derribar todas las barreras humanas que se han venido construyendo y que no han sido más que una distracción ante el real y profundo anuncio de lo que debe significar y producir Dios en nuestras vidas.

Por: Padre José Gabriel Gómez Díaz