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11 Dec Estar siempre alegres en el Señor – Tercer Domingo Adviento

Hoy encendemos la tercera vela de la Corona de Adviento, la de color rosado, porque celebramos el domingo del Gaudete, que significa, ¡Alégrate!, en latín y es la Antífona de Entrada a la liturgia de hoy.  El Evangelio de hoy muestra la llamada crisis de Juan Bautista, pues el domingo pasado vimos que el profeta tenía unas expectativas claras: un Mesías con los rasgos de juez poderoso y severo, que cortaría con el hacha los árboles que no dan fruto y quemaría la paja del trigo en un fuego inextinguible.  Para Juan Bautista, Jesús no cumple con esa imagen. Ha pronunciado bendiciones sobre los pobres de espíritu, los sencillos y los que hacen la paz; ha pedido a sus discípulos que amen a sus enemigos; les ha avisado que no juzguen a los demás. Un Jesús que comparte la mesa con los pecadores y que tiene compasión de las multitudes, tanto que pareciera anunciar únicamente la misericordia de Dios.
Juan Bautista amenazaba con la justicia; Jesús predica la gracia.
Juan Bautista creía que todo terminaría pronto; Jesús habla de un proceso lento y abre el tiempo de la misericordia y del perdón.
Juan Bautista lo había descrito como un fuego devorador; Jesús se muestra como la ternura del Padre volcada a la humanidad.

Entonces, reflexionando desde la cárcel sobre estos datos que no encajan, se atreve a expresar el interrogante que debía estar en la cabeza de mucha gente: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”.  En consecuencia, si se quiere comprender a Jesús, es preciso ver, en primer lugar, quién es Él realmente y qué hace, para luego acogerlo con gozo y gratitud, así, en algún momento haya que corregir y abandonar algunas ideas o expectativas equivocadas.

¿Cuál es el tema de este domingo? LOS SIGNOS DEL REINO DE DIOS.
Vamos a enfocarnos, en esta homilía, en los signos que muestran que el Reino de Dios está entre nosotros, que el Mesías es Cristo Jesús.

Primer signo: LOS CIEGOS VEN
Para el Evangelio, la ceguera más grave es la espiritual. Una de las razones que nos impiden ser verdaderamente nosotros mismos y encontrar nuestro propio camino, es que no nos damos cuenta hasta qué punto somos ciegos.
Si al menos supiéramos que estamos ciegos, ¡buscaríamos pronto la curación! Y puede que nos volviéramos a Dios. Pero la tragedia está en que no nos damos cuenta de nuestra ceguera.
Podemos ver con ojos del mal, cuando sólo vemos lo malo en el otro. O podemos ver con los ojos del amor, con un corazón puro que sabe ver a Dios y su imagen en los demás. Como le dice la zorra al Principito: “Sólo podemos ver de verdad con el corazón: lo esencial es invisible a los ojos”.

Segundo signo: LOS INVALIDOS ANDAN
Cuando en la Biblia se habla de parálisis (como en el caso del paralítico del lunes de esta semana, Lc 5,17-26), no se refiere a la discapacidad física de moverse por sí mismo, sino a la decisión personal de vivir la vida como un inválido, es decir, bajo la convicción personal de que no tenemos valor para tomar decisiones, para salir de nuestra situación interior…Muchos hombres y mujeres viven la vida cristiana bajo diferentes tipos de invalidez: física, mental, espiritual, económica o vocacional. Cuándo, qué día y a qué hora nos decidimos a ser inválidos, es la pregunta que debe responderse toda persona que se encuentre en dicha situación. Le hemos concedido a la invalidez, en forma absolutamente consciente, el permiso de apoderarse de nuestra vida.  Existen numerosos casos y los psicoterapeutas saben mucho de eso, donde las personas viven como inválidos sin tener ninguna disfunción física, sino psicológica. Enteritos de cuerpo, viven la vida como necesitando una silla de ruedas. Recordando el evangelio del lunes pasado, podemos estar acostumbrados a la camilla de los otros, justificarla e incluso acostumbrarnos a nuestras propias camillas: mecanismos de defensa, hábitos, rutinas, falsas buenas costumbres o enaltecer el ego para debilitar a los demás y no permitir que otros nos acerquen a la solidaridad de Jesús. Así como todos contamos con enemigos que nos dejaron paralíticos, podemos contar con amigos que pueden y quieren ser los que pueden cargarnos hasta que nos encontremos con Jesús, que nos dice: “Yo te mando, levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”.

Tercer signo: LOS LEPROSOS QUEDAN LIMPIOS
Una de las características de los leprosos es que eran intocables. Cualquiera que tomara contacto físico con un leproso, sería considerado por la Ley del Antiguo Testamento como impuro. Por ello mismo, no deja de llamar la atención que Jesús “toca” al leproso.
Jesús rompió con todos los tabúes y tradiciones humanas en beneficio del leproso. No tuvo temor de que lo acusaran de impuro, ya que para Él la necesidad del leproso estaba por encima de cualquier mandamiento o estructura de pensamiento humano. Las personas son lo más importante para Jesús.  Jesús hizo sentir al leproso amor y aceptación. ¿Podemos imaginarnos qué habría sentido ese hombre? Tal vez llevaba años sin tomar contacto físico con nadie; ni su esposa ni sus hijos habrían podido acariciarlo. Pero de repente, ¡Jesús lo toca con su mano de amor y de sanación!
Hoy, el Señor nos llama a identificar a los leprosos de nuestra sociedad y a tocarlos con el amor de Dios, excluidos por el color de su piel, por su condición sexual y por tantas diferencias. Nos llama a alcanzar a las familias en crisis, a los jóvenes que no encuentran el sentido de su vida, a las personas que están solas y desesperadas por un toque de amor.

Cuarto signo: LOS SORDOS OYEN
“No hay peor sordo que el que no quiere oír”, dice el viejo refrán. El problema de muchos bautizados es que con el pasar del tiempo van perdiendo la capacidad de oír y por lo tanto, también la capacidad de hablar con Dios. La relación entre dos o más personas se fortalece a medida que se intensifican los momentos de compartir juntos, a través de escuchar y hablar. Hay esposos que viven juntos muchos años, pero no se conocen, se sienten distanciados el uno del otro, comparten muy poco tiempo juntos, han dejado que los hijos o las ocupaciones del día los separen. O más doloroso aún, viven un matrimonio de fachada, porque se les acabó el amor y renunciaron a tomar decisiones, viviendo en el autoengaño.  La sordera espiritual nos aleja tanto de Dios, que creemos que Él no está a nuestro lado y pretendemos engañarlo; nos fingimos cristianos, pero somos unos en la calle o en la iglesia y otros muy diferentes en nuestra casa. Hablamos muy bonito acerca de las cosas de Dios, pero no somos coherentes como esposos, hijos, padres, ciudadanos, cristianos, ministros del Señor, en fin, como seres humanos.
Hay muchas personas que quieren escuchar o únicamente tener la Palabra de Dios, pero sólo como una estrategia para salir de sus problemas; muchos tienen la Palabra como agüero, como cualquier amuleto. Estudian la Palabra y hasta se la han memorizado, pero su vida sigue siendo igual, se resisten al cambio y no ponen la Palabra por obra; sólo son oidores, pero no hacedores. El Señor quiere que no sólo leamos Su Palabra, también quiere que la pongamos por obra, que la practiquemos cada día de nuestra vida. ¿De qué le sirve a un conductor saber que la luz roja en el semáforo es para detenerse, si no lo quiere hacer? Sólo el conocer la norma, no lo hace un buen conductor.

Quinto signo: LOS MUERTOS RESUCITAN
¡Cuántos cristianos hay muertos en vida! La droga, el rencor, el egoísmo, la envidia…, hacen que tengan vida física, pero que estén invadidos por la muerte, la derrota, la desilusión. Uno de los peligros de la sociedad actual es perder “el gusto por la vida”. Queda dispersa en las experiencias de bienestar, entretenida en los quehaceres. Se vuelve, por así decirlo, descafeinada. Todos los humanos hemos experimentado alguna anticipación de la resurrección. Está incluida en la experiencia del amor. Amar a alguien es la afirmación de su vida contra todas las formas de muerte: “me interesa tu vida, amo que tú vivas; te ayudo para que vivas; es una dicha que hayas nacido; tu presencia me da motivos para seguir ayudando”. En cambio, quien no ama, no tiene nada que eternizar. El amor pide eternidad. No hay más eternidad que la del amor.  Celebrar y meditar la resurrección de Jesús implica despertar las más hondas vibraciones de nuestro corazón: el deseo de vivir para siempre, de amar y ser amados. Contemplar al Resucitado es sentir ganas de resucitar con Él. Radicaliza la convicción de que “la vida no termina, se transforma”.  Para nosotros, celebrar hoy la resurrección de Jesús crucificado es experimentar la alegría de que está resucitado, de que la muerte no manda en Él. “¡De veras ha resucitado mi amor y mi esperanza!”, reza la Secuencia de la misa del día de Pascua: la Pascua de Jesús significa resurrección de nuestro amor y de nuestra esperanza. El Señor nos ama lo suficiente como para hacernos resucitar. ¡Cristo ha resucitado, yo también quiero resucitar!

Sexto signo: A LOS POBRES SE LES ANUNCIA EL EVANGELIO
La pobreza, en sí, es mala; es signo vivo de la injusticia y del egoísmo con que obramos los seres humanos. El pobre grita que el mundo no responde al proyecto de Dios. Es verdad que la miseria puede ser fruto de la pereza o del desorden, pero también es cierto que muchos pobres son víctima de la injusticia de seres humanos que se aprovechan para explotarlos. Lo ha dicho claramente el Papa Francisco, desde el primer discurso que dio: “¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”. Se impone la pregunta: ¿Qué debemos hacer? La experiencia de fe, si es auténtica, implica una opción por los necesitados. Podemos preguntarnos lo que esto significa: ¿una opción de clase? ¿Más que una opción de clase? ¿Dar limosna? ¿Compartir? ¿Elegir una vida pobre? ¿Ponerse al lado de los pobres? Cada uno tiene su propia respuesta a esta pregunta.

ORACIÓN

JAMAS DESISTAS

“Puedes tener defectos, estar ansioso
y vivir irritado algunas veces,
pero no te olvides que tu vida
es la mayor empresa del mundo.
Sólo tú puedes evitar que ella vaya en decadencia.
Hay muchos que te aprecian, admiran y te quieren.

Me gustaría que recordaras que ser feliz,
no es tener un cielo sin tempestades,
un camino sin accidentes,
trabajos sin cansancio,
relaciones sin decepciones.

Ser feliz es encontrar fuerza en el perdón,
esperanza en las batallas,
seguridad en el palco del miedo,
amor en los desencuentros.
Ser feliz no es sólo valorar la sonrisa,
sino también reflexionar sobre la tristeza.
No es sólo celebrar el éxito,
sino también aprender lecciones en los fracasos.
No es sólo tener alegría con los aplausos,
sino también tener alegría en el anonimato.
Ser feliz es reconocer que vale la pena vivir la vida,
a pesar de todos los desafíos,
incomprensiones y períodos de crisis.
Ser feliz es dejar de ser víctima de los problemas
y volverse actor de la propia historia.

Es atravesar desiertos fuera de sí
y ser capaz de encontrar un oasis
en lo recóndito de nuestra alma.
Es agradecer a Dios cada mañana
por el milagro de la vida.

Ser feliz es no tener miedo de los propios sentimientos.
Es saber hablar de sí mismo.
Es tener coraje para oír un “no”.
Es tener seguridad para recibir una crítica,
aunque sea injusta.
Es besar a los hijos, mimar a los padres,
tener momentos poéticos con los amigos,
aunque ellos nos hieran.

Ser feliz es dejar vivir a la criatura libre,
alegre y simple,
que vive dentro de cada uno de nosotros.
Es tener la madurez para decir, ‘me equivoqué’.
Es tener la osadía para decir, ‘perdóname’.
Es tener la sensibilidad para expresar, ‘te necesito’.
Es tener la capacidad de decir ‘te amo’.

Que tu vida se vuelva un jardín de oportunidades para ser feliz.
Que en tus primaveras, seas amante de la alegría.
Que en tus inviernos, seas amigo de la sabiduría.
Y que cuando te equivoques en el camino,
comiences todo de nuevo,
porque así serás más apasionado por la vida.

Descubrirás que ser feliz
no es tener una vida perfecta,
sino usar las lágrimas, para regar la tolerancia;
usar las pérdidas, para refinar la paciencia;
usar las fallas, para esculpir la serenidad;
usar los obstáculos,
para abrir las ventanas de la inteligencia.

¡Jamás desistas de ser feliz,
pues la vida es un espectáculo imperdible!”.
ANÓNIMO

Por : Padre José Gabriel Gómez Díaz