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15 Oct [ ¿No quedaron limpios los diez leprosos? ]

LUCAS 17: 11-19

En el camino hacia Jerusalén, Jesús tiene la experiencia de encontrarse con diez leprosos. Permitámonos una corta ambientación sobre el tema de la lepra, que si bien habla de los tiempos de Jesús, es muy actual. La Palabra de Dios dice al respecto: “El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados, se cubrirá hasta el bigote e irá despeinado gritando: ¡Impuro! ¡Impuro! Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada” (Levítico 13, 45-46). Así que el leproso es una persona que ha recibido golpes y heridas. Es una persona enlutada, que lleva un gran dolor dentro, como lo indican sus vestiduras rotas y la cabeza al descubierto; es uno que tiene que cubrirse la boca, porque no tiene derecho a hablar ni siquiera a respirar en medio de los demás, es como un muerto. Es uno que no puede rendir culto a Dios, no puede entrar en el templo, ni tocar las cosas santas. Es por ello que los diez leprosos van al encuentro de Jesús, se detienen lejos de Él, gritándole su dolor, su desesperación.

Nuestra predicación de hoy será en torno a COMO VIVIR EL DON DE LA GRATITUD, porque el énfasis del texto de Lucas no está en el mostrarnos una vez más la habilidad de Jesús para hacer milagros, sino en una fuerte enseñanza sobre la gratitud.

El domingo pasado le suplicábamos a Jesús, junto con sus apóstoles, que nos ayudara a crecer en la fe. Este mismo tema se retoma hoy con mayor profundidad, con la frase de Jesús al samaritano: “Tu fe te ha salvado”.

Ante un servicio que se presta, se espera naturalmente escuchar un “gracias”. Y aquí se centra la lección de Jesús en este día: sólo quien comprende que lo que se hace por otra persona es un gesto de amor inmerecido, entrará correctamente por el camino de una espiritualidad de la gratitud. Y la gratitud tiene que ver con la fe, porque la fe es esencialmente relación. La acción de gracias crea el espacio espiritual de la auténtica relación con Dios y con los otros, esto es, de la “fe” que salva. Una vez más, en la línea del evangelista Lucas, vemos cómo la misericordia de Jesús se muestra grande. Pero, ¡qué importante es comprenderla y agradecerla!

Con base en el Evangelio de hoy, ¿cuáles son los pasos para vivir el don de la GRATITUD?

Primer paso: HUMILDAD

“Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasó por la frontera entre Samaria y Galilea. Y al entrar a una población, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritar: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

En la memoria del dolor humano, ninguna enfermedad está quizá, rodeada de una más obscura atmósfera de trágicos sentimientos como la lepra. ¡Inmundos! Era éste el grito impuesto a los habitantes del mundo de los leprosos, para proteger a los habitantes del mundo de los sanos y felices. Hoy, a muchos se les grita también de esa manera o se les mira con recelo.

El mensaje de Lucas se refiere a la comunidad cristiana que excluye; comunidades que tienen personas que son miradas como impuras y quienes forman parte de ellas, son indolentes con el actuar o por lo que dicen de algunos de sus miembros y los miran como un enfermo.

Quien es humilde y considera que ha llegado la hora de su sanación interior, que se sabe pecador, pero en su corazón considera que Cristo perdona y puede sanarlo, no se deja sucumbir con el peso de su mal a cuestas, no se conforma con su situación de separación de Dios, cree aun en la felicidad posible, presiente su salud espiritual y, aguijoneado por estos sentimientos, busca, clama, espera… Humildemente se acerca al Maestro y siente que no se equivoca, como no se equivocaron los diez leprosos.

Necesitamos, para nuestros males espirituales, no de los remedios superficiales, sino del único remedio efectivo y duradero que Cristo puede brindarnos: humildemente pedirle al Señor, Su amor y Su perdón.

Segundo paso: VOLVER ATRÁS

“Cuando Jesús los vio, les dijo: ‘Vayan a presentarse a los sacerdotes.’ Y al ir a presentarse, quedaron libres de la lepra. Uno de ellos, al ver que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes voces y se postró a los pies de Jesús, dándole gracias. Era un samaritano”.

Lucas dice claramente que uno de ellos, al ver que estaba curado, “se volvió”. Volvió atrás: No es un simple movimiento físico, un cambio de dirección y de sentido, sino que más bien es un verdadero y profundo vuelco interior. Es volver a casa tras haberse alejado, como lo hizo el hijo pródigo, perdido en el pecado.

Así hace este leproso: cambia su enfermedad en bendición, su extrañeza y lejanía de Dios en amistad, en relación de intimidad, como ocurre entre un padre y un hijo. Cambia, porque se deja cambiar por Jesús, se deja alcanzar por Su amor.

¡Qué cambio estupendo se produjo en esa persona; qué reacción extraordinaria; qué sensación nueva de bienestar invadió su cuerpo; qué vitalidad extraña renovó sus energías! ¡Y qué gozo incontenible llenó su corazón! La alegría de aquel hombre, ya no leproso, que pudo notar que estaba limpio, que pudo palpar sus carnes y verlas renovadas, es semejante a la experiencia de quien se siente perdonado y purificado. Quien ha sido perdonado siente el perdón y se goza en él.

Hay un detalle hermoso, el leproso que regresa a Jesús no lo hace tan pronto como es curado; se toma un tiempo para pasar por el corazón lo vivido y regresa. Es la invitación que nos hace Lucas a que no perdamos la memoria; que en cada momento, sea luminoso o doloroso, tengamos activa la memoria para reconocer todo lo que ha hecho y todo lo que hace Dios por nosotros, porque sigue actuando en nuestro favor.

Tercer paso: SER SIEMPRE AGRADECIDO

“Jesús preguntó: ‘¿Y no quedaron los diez libres de su enfermedad? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo sino este extranjero que volviera a dar gloria a Dios?’ Entonces le dijo: ‘Levántate y vete. Tu fe te devolvió la salud”.

Hago mías las palabras de un sacerdote jesuita colombiano radicado en España, Javier Castillo, que ha sido un prestigioso párroco en varias partes.

“El agradecimiento como actitud básica en la vida, es la toma de conciencia cotidiana de lo que voy recibiendo, la acogida de los bienes que me son dados y de las personas que me salen al encuentro, el vivir no tanto pendiente de lo que yo creo que merezco y no me dan, cuanto de lo que sin haber merecido ni esperado ni pedido, he recibido y voy recibiendo día a día.

Hacer del agradecer nuestra actitud básica, posibilita un vivir cotidiano con otro sabor, con otro aire. Del agradecimiento brota un estado interior de gozo, de disponibilidad y de agilidad en el dar respuesta a las demandas de la vida, una sensibilidad más viva para percibir todo aquello que la vida cotidiana tiene de don, una generosidad mayor como actitud vital, una menor tensión por no recibir compensaciones o recompensas a nuestra acción.

En nuestro ayudar a otros, sea el que sea, estamos mucho menos pendientes, o mejor dicho, mucho menos dependientes de las respuestas que los otros dan a nuestra entrega y a nuestro servicio y ello nos hace dar con más espontaneidad, con más generosidad, con menos cálculo…; y también nos permite buscar y encontrar la satisfacción más en nuestro interior que en el exterior, lo cual es siempre más seguro y duradero.”

En síntesis, el encuentro de Jesús con los leprosos es una interpelación para que, tomando conciencia de todos los dones que hemos recibido, seamos capaces de vivir desde la lógica del agradecimiento, que es uno de los impulsores del servicio y de la entrega a los demás.

Cuando vivimos sólo desde la lógica de la exigencia de los derechos, como si todo nos fuera debido, podemos perder la capacidad para reconocer lo gratuito de la vida y sorprendernos. El samaritano fue capaz de entender la gratuidad del acto de Jesús porque él, un extranjero, “no lo merecía”, no estaba “en su derecho”. Esa apertura, esa capacidad de asombro, vuelve a activar el agradecimiento en nuestros corazones.

ORACIÓN

Señor, acudo a Ti hoy como los diez leprosos del Evangelio, necesitado de Tu gracia y de Tu amor.

Vengo, Señor, para que toques mi corazón y sanes todas las lepras que hay en mi vida: mi autosuficiencia, mi soberbia, mi egoísmo, mi tibieza, mi vanidad, mi pereza, mi falta de caridad, mi falta de amor, mi falta de coherencia.

Todo lo sabes, Señor, Tú conoces mis debilidades.

Tú conoces los sufrimientos de mi vida, ayúdame a sobrellevarlos purificando mi alma.

Tú, conoces, Señor, las necesidades que tengo, ayúdame a aceptar Tu voluntad.

Limpia, Señor, la lepra de mi corazón, de mi boca, de mi alma, para que reposes alegre en mi interior.

Envíame Tu Espíritu, Señor, para que me examine de amor, para avanzar, para crecer, para madurar como cristiano, para ser instrumento útil en mi pequeño mundo.

Son muchas las veces que creo estar sano, pero a la luz del Espíritu Santo, entiendo, Señor, que estoy enfermo.

Quiero, Señor, a semejanza del leproso que volvió agradecido a Ti, experimentar en mi vida la gracia de Tu amor.

Haz, Señor, que en cada confesión, el Espíritu Santo me dé la luz para abrir mi corazón y tener siempre un firme propósito de enmienda para acercarme a Ti y que Tú limpies mi corazón.

Tú eres, Jesús, mi Señor, quiero rendirme a Tu voluntad, aceptar Tu voluntad, hacer mía Tu voluntad, santificar lo que Tú deseas para mí, aunque eso no sea lo que yo había previsto para mi vida.

Gracias, Señor, por sanar mi lepra.

Escrito por: Padre José Gabriel Gómez Díaz