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20 Nov Jesucristo, Rey del universo

Con la celebración de la solemnidad de Cristo Rey, llegamos al último domingo del año litúrgico.

El domingo pasado se hizo una lectura del Evangelio en actitud de examen para que, delante de Dios, tomáramos conciencia de cómo ha sido nuestra respuesta a sus llamadas este año y, desde la escucha atenta de nuestra voz interior, pudiésemos elevar nuestra acción de gracias por las ocasiones en las que hemos sido un instrumento dócil en las manos de Dios o pedir perdón y gracia para enmendarnos por las veces en que hemos sido un obstáculo para el acontecer de Dios en nuestra vida y en la de las personas con las que construimos la historia.

Hoy, cuando se cierra el año litúrgico y el Año de la Misericordia, muchos cristianos aún viven asustados, nerviosos, inseguros, en torno a un tema que está produciendo temor y no esperanza, porque lo estamos entendiendo mal: el “final de los tiempos”.

Creer en “el final de los tiempos” como algo histórico que sucederá en poco tiempo, es desconocer y manipular el significado del libro del Apocalipsis, que se escribió para llenar de esperanza a la comunidad cristiana, para animarla, no para producir miedo. Creer en “el final de los tiempos”, porque aparecen por ahí videos sobre sonidos de trompetas en Jerusalén; porque hay terremotos, calamidades, enfermedades…, creer que eso es “el final de los tiempos”, es creer que Jesús no resucitó y la muerte venció.

Cuando el libro del Apocalipsis termina en 22, 20, diciendo, “El que declara esto, dice: ‘Sí, vengo pronto.’ Amén. ¡Ven, Señor Jesús!”, no habla de un final histórico inmediato, es la llegada victoriosa del Cordero, de Cristo Resucitado a quien le abre su corazón. El “final de los tiempos” sucede cuando en la vida de cada hombre y mujer se da la conversión, que es la presencia definitiva de Dios en cada uno, independientemente de religión, de credo, de doctrina. El final de los tiempos es la victoria del bien sobre el mal, gracias a la presencia de Dios en cada ser humano. ¿Eso ya sucedió? ¿Dios está en el corazón de cada ser humano? ¿No? Entonces todavía no estamos en el “final de los tiempos”.

¿Queremos vivir realmente como Dios desea de cada uno de nosotros? Entonces hay que hacer una elección, personal, intransferible y es hacer vida las palabras del final del Evangelio de hoy: “yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Yo soy quien elige vivir en el paraíso o en el infierno, no después de la muerte, sino aquí y ahora. Y el día que yo elija, asumiendo las consecuencias de mi elección, podré vivir la experiencia más maravillosa de todo ser humano, ser libre.

Ese es el paraíso del que nos habla el evangelio de hoy. Elegir vivir en el paraíso, aquí y ahora, significa elegir ser libre de las ataduras del miedo; significa liberarnos de la creencia en un Dios castigador (el Dios del Antiguo Testamento) y aceptar que Dios me perdona, que si hay conversión, hay misericordia (el Dios de Jesús).

Por eso dicen los místicos que “el infierno es un paraíso sin amor”, porque el amor es lo que acaba marcando la diferencia. Si amamos, nuestra vida merecerá la pena y si no lo hacemos, nuestra vida probablemente será un infierno. Por eso, si sentimos que vivir es demasiado duro, que la vida nos ha puesto pruebas difíciles de superar, amemos lo que hacemos desde donde estamos, aquí y ahora.

Si optamos por la libertad, fundada en obrar siempre en la verdad y con rectitud, podremos experimentar, aquí y ahora, el paraíso. ¿Qué es el PARAÍSO? Es el lugar donde cada uno experimenta la plenitud de Dios en su vida, de manera que cada uno elige vivir, aquí y ahora, el paraíso o el infierno.

El tema de este último domingo del año litúrgico es sencillo: LA LIBERTAD, LA MEJOR MANERA DE CREER Y VIVIR EN EL PARAISO. Si declaramos que somos libres, porque le hemos abierto nuestro ser interior a Dios, la verdad y la rectitud serán parte de nuestra vida, en lo extraordinario y en lo cotidiano. Muchos nos podrán juzgar, nos podrán voltear la espalda. Pero si estamos obrando bien y viviendo en la verdad, tendremos la conciencia limpia y seremos libres.

¿Por qué somos libres? ¿Qué frutos muestran que somos libres? ¿Es Dios el Señor de nuestra vida? Tres preguntas para el examen final. Nadie puede responder por otro ni juzgar las respuestas del otro, porque nadie es perfecto para creerse juez de su hermano.

Preguntémonos entonces: ¿Qué frutos produce en nuestra vida vivir el don de la libertad, cimentada en el obrar con verdad y rectitud?

Primer fruto: VIVIR LA VIDA CON SENTIDO
“El hombre en busca de sentido”, es una de esas obras que todos deberíamos leer alguna vez en la vida. Su autor, Víctor Frankl, fue uno de los muchos judíos que sufrieron en carne propia los campos de concentración de la Alemania nazi. Este libro merece la pena en todas sus líneas. Hablando de su experiencia en el Campo de Concentración, Víctor Frankl decía que aquellos desalmados nazis podían racionarnos la comida, obligarnos a trabajar todo el día, castigarnos con palizas o amenazarnos de muerte, pero lo que no podían hacer era controlar la esperanza de quienes cada día se levantaban, en medio de aquel infierno, con la voluntad de sobrevivir. Víctor Frankl nos dice, con toda la crudeza, que quienes hacían uso de esta libertad y no se abandonaban, eran los que mejor soportaban aquellas condiciones. Recordemos también la hermosa película, “La vida es bella”. Guido conserva esta libertad y lo hace, para que su hijo pequeño Josué no se dé cuenta de qué es lo que realmente está sucediendo a su alrededor. De hecho, Guido intenta que su hijo tenga presente en todo momento que ellos han elegido estar allí y que en cualquier momento pueden marcharse. Entiende que su hijo puede soportar todo, menos haber perdido la libertad. ¿Qué es vivir la vida con sentido? Es una vida con propósito, es decir, con decisiones, con opciones. Al elegir vivir en la libertad, cada uno es el único responsable de las decisiones que tome, entonces dejará de sentirse víctima y se convertirá en el actor de su propia vida, asumiendo las consecuencias de las decisiones que tome. En pocas palabras, si estamos buscando un verdadero propósito en la vida, debemos simplemente vivir cada día, ocuparnos totalmente y en todo momento de ser coherentes con nuestra opciones.

Segundo fruto: VIVIR EN COHERENCIA
La libertad es el mayor de los poderes individuales. En este momento, no hay nada material que nos impida salir a la calle y dar un abrazo a alguien. Esto quiere decir que nuestra vida no es un examen tipo test, sino una gran pregunta con la respuesta abierta.
Así hayamos fallado, Dios siempre nos ofrecerá la oportunidad de regresar a Su amor. ¿Cuál es la condición para recibir la misericordia de Dios? La vida en coherencia, que se realiza viviendo en la verdad y la rectitud. Quien ha decidido obrar en libertad, porque quiere ser coherente con el plan de Dios sobre su vida, podrá sentir la paz interior. Porque vivir en coherencia es pensar, decir, sentir y hacer en una misma sintonía, contraria a lo que muchas veces hemos podido aprender, a vivir de apariencias. No es exagerado decir que cuando vivimos en incoherencia, nuestro cuerpo se enferma, porque lo ponemos en crisis entre lo que pensamos, decimos, sentimos y hacemos. Porque la incoherencia sería hacer algo que no queremos hacer (por ejemplo, tomar una decisión contraria a nuestros deseos) o sentir emociones determinadas y expresar otras (por ejemplo, estar sintiendo ira, pero expresar un silencio con una sonrisa).

ORACION
Señor, quiero llenarme de Ti, quiero ser coherente con mi fe en Ti. Quiero seguir Tu camino, que mi camino sea el tuyo. Que mis pasos vacilantes, tantas veces indecisos, con dudas de qué senda tomar, sigan sólo Tus huellas.  Quiero, Señor, seguir Tu mismo camino.
Que mi horizonte esté impregnado de Ti, que mi meta sea llegar a Tu Reino.  Que camine junto a Ti escuchando Tu Palabra, imitando Tus obras, siguiendo la verdad de Tus preceptos, dando sentido a Tus enseñanzas, cantando con alegría los anuncios del Evangelio.
Quiero, Señor, seguir Tu camino, vivir la vida con sentido.  Que nada me detenga para alcanzar mi meta ni los caminos abruptos en forma de problemas y dificultades ni las tormentas que rompen la serenidad de mi corazón y de mi alma.  Que mi camino, Señor, sea el tuyo, caminando tras Tus huellas siempre claras. Quiero seguir Tu camino, Señor, aunque en ocasiones la oscuridad se cierna sobre mí
y me pregunte dónde Te encuentras. Envía Tu Espíritu, Señor, sobre mí, para que no desfallezca nunca, para que no me acomode y me quede a mitad de camino, para que la rutina ni el cansancio hagan mella en mi vida. Espíritu Santo, Te pido la luz para que mi vida esté siempre iluminada por Tu fuego y pueda recorrerla cada día con Tu mirada misericordiosa. Te pido la humildad y la confianza para tener la sabiduría, para estar atento a Tu voluntad, para conocer a fondo Tus caminos y vivir siempre con la mirada puesta en Ti, con la alegría de ser un pobre peregrino que procurar vivir en la verdad y en la rectitud y quiere ser Tu testigo. Amén.

Por: Padre José Gabriel Gómez Díaz