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22 May La promesa del Espíritu Santo – Juan 14, 15-21

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

La semana pasada compartimos el tema, El amor todo lo hace nuevo, y allí reflexionamos sobre tres señales muy claras de la manera como el Señor quiere que amemos: dándonos gratuitamente; siendo libres; y creyendo en la vida.

Esta semana, el Señor nos sigue animando a vivir en la fuerza del amor, para experimentar que si vivimos Su mandamiento, “ámense los unos a los otros como yo los he amado”, podremos sentir que sus promesas se harán realidad en nuestra vida.   Así dicho, el tema de reflexión de esta semana es muy motivante: PROMESAS DEL SEÑOR SI CUMPLIMOS EL MANDAMIENTO DEL AMOR.

Si leímos bien, no se habla de cumplir normas, preceptos, vivir tradiciones. Es ir más allá, es ser capaces de convertir el amor en la razón de nuestra vida, no en un mero concepto romántico o una palabra trillada en las canciones.   Si le obedecemos a Dios, cumpliendo el mandamiento del amor, podemos estar seguros que recibiremos tres promesas que nos ayudarán a transformar nuestro interior.

Primera promesa: VIVIMOS EN EL ESPIRITU DE LA VERDAD

En una de sus conferencias, Enric Corbera, palabras más, palabras menos, decía, “el espíritu endereza lo que el ego tuerce y desbarata”. Porque así como el ego tiende a moverse en la oscuridad y el engaño, el espíritu no conoce otra ley que la verdad.   Quien vive como el Señor lo desea, vive practicando la verdad, va más allá de ser simplemente un asalariado, es decir, que cumple funciones porque le toca, pero no porque lo mueve el amor.    Únicamente la verdad allana el camino, endereza lo torcido. Sólo a partir de la verdad es posible el crecimiento de cada uno de nosotros como persona, porque sólo en la verdad podemos dar pasos hacia la coherencia (que coincida lo que sentimos, con lo que pensamos, con lo que decimos y con lo que hacemos), lo que nos llevará a nuestra verdadera identidad.   Cuando hablamos de vivir en el espíritu de la verdad, reconocemos nuestra verdad completa, sin negar, ocultar o maquillar aquellos aspectos de nosotros mismos que no nos agradan.

Vivimos en la verdad cuando aceptamos nuestras luces y nuestras sombras, sin justificar nada. La aceptación humilde de nuestras limitaciones, es la puerta de entrada a los cambios que queremos y debemos asumir, para vivir en la verdad.

Cuántas veces, en  casa, en el colegio o la universidad, en el trabajo, nos llenan de mensajes perfeccionistas, de ser siempre exitosos y que sólo hacen que seamos personas rígidas, exigentes y soberbias, llegando hasta ser “fariseos”.

Presumimos ser cumplidores, observantes y perfectos, como el hermano mayor de la parábola del Padre Misericordioso (llamada equivocadamente la Parábola del hijo pródigo), pero interiormente estamos endurecidos y dirigimos nuestro resentimiento en forma de reproche hacia Dios y el desprecio a los otros.    Vivir en el espíritu de la verdad nos ayudará a derrotar el perfeccionismo, que nos impide reconocer nuestros fallos, errores y defectos y nos hace redoblar los esfuerzos para sostener, equivocadamente, la imagen idealizada que el propio perfeccionismo nos exige.

Vivir en el espíritu de la verdad no nos exige hacer todo bien, porque al ser sinceros, veraces, nos sabemos imperfectos, falibles, condicionados y limitados, reconociendo nuestros propios fallos.

Segunda promesa: NO NOS SENTIMOS HUERFANOS

 Esta no es una promesa de que tendremos compañía humana, pareja, esposa o esposo, ni siquiera una familia.  El Señor nos promete que estará SIEMPRE con nosotros, en toda circunstancia de la vida. Ahora bien, ¿le permito al Señor sentir Su presencia en mi vida? Cuando no siento que Dios está conmigo, ¿será que no le he abierto el corazón?

Muchas veces hemos creído que ser creyentes es obedecer leyes, preceptos, costumbres, tradiciones… Cuando limitamos nuestra experiencia religiosa a sólo la ley, sin vivir el amor, practicamos a la perfección un término que utilizamos continuamente para justificar nuestro legalismo: cumplimiento, que realmente quiere decir, cumplí y miento.   La primitiva comunidad cristiana comprendió que ser cristiano era dejarse llevar por el Espíritu que consuela, el espíritu de Cristo Resucitado. Comprendieron que Jesús estaba vivo en ellos y que ellos vivían una vida nueva en esta dinámica de la vida que no tiene fin. No se sintieron huérfanos.

La única tarea que el Señor nos deja, consiste en amar; y ese amor desencadena la acción de cumplir los mandamientos. Recordemos a Agustín de Hipona en su clásico “Ama y haz lo que quieras”, o a Teresa de Jesús, “El amor, cuando es crecido, no puede estar sin obrar”. El amor en el centro y como condición imprescindible y, a partir de allí, la acción.    Las primeras comunidades cristianas pasaron momentos difíciles y sus vidas corrían peligro. Por eso el Señor nos ofreció su promesa de no dejarnos huérfanos, para vivir una vida con sentido. La vida que ofrece Cristo es vida en abundancia, vida que no se acaba, vida compartida, vida en comunión, vida en relación, vida propia de la justicia, vida para quien ama y vida para quien cree. Es presente y plenitud de ser, que es continuidad propia del amor, de la justicia, de la reciprocidad y de la trascendencia.   Armando Carrasco, un conferencista mexicano, decía una vez a un grupo religioso, que se nos ha hecho en la mente una idea de que Dios se hizo hombre y caminó entre nosotros por un período de 33 años y después de esto se fue a los cielos. Hasta allí vamos bien.

Pero se nos quedó en la mente, quizás desde nuestra Catequesis de Primera Comunión o de las enseñanzas de los mayores, que Dios está en el cielo. Y ese ha sido un grave error de percepción, que afecta nuestra relación con Él. Dios está aquí entre nosotros, más cerca de lo que nos imaginamos.  Cuando Jesús nos dijo que no nos dejaría huérfanos, cumplió Su promesa, Él está aquí en medio de nosotros.

Muchos cristianos oramos pensando en que nuestras oraciones “suben” al cielo, a una altura desconocida e inimaginable del universo. Y perdemos de vista que Él está aquí con nosotros, está en cada uno de nuestros hermanos, inclusos en aquellos que a veces maltratamos con nuestro obrar.   Dios es una persona y camina entre nosotros. Nuestras oraciones no tienen que hacer un trámite burocrático para que lleguen a Él, porque el Señor está en cada uno de nosotros, está a nuestro lado.

Por esta razón, no nos quedamos huérfanos.

Tercera promesa: SOMOS TRANSPARENTES

 Quien es transparente, ama a todos por igual, no sólo a los que son como él o ella quisiera que fueran.  Quien ama a Dios, se abre a un amor que trasciende barreras, fronteras, planos espirituales, momentos de contrariedad y nos permitirá amar a quienes deberíamos amar más.  Para poder creerle a Dios Sus promesas, necesitamos confiar en Él, tener fe en Él, una fe que trasciende la inteligencia humana, que está por encima de iglesias, doctrinas, costumbres, creencias…

Cuando hablamos de algo transparente, estamos hablando de algo que se puede ver de un lado para otro. Cuando miramos un vaso de cristal, podemos ver lo que hay dentro del mismo. Podemos ver si el agua está limpia o sucia, podemos ver que líquido hay en él. Nosotros somos vasos del Señor, de honra o de deshonra, vasos de agua limpia o agua sucia.  Para que la gente vea que Jesús vive en nuestra vida, debemos dar testimonio a los demás. Cuando nosotros decimos que amamos a los demás, ese amor debe ser reflejado en nuestro proceder para con ellos. Cuando decimos algo y no es lo que practicamos, somos incoherentes, porque nuestro testimonio es como una carta que debe ser leída por todos los hombres.  Sabemos que no hay que seguir al hombre, sino a Dios, porque es Dios quien nos salva y el que no nos falla. Sin embargo, la Palabra establece que nosotros tenemos que ser ejemplos los unos para con los otros, ayudándonos, amándonos, exhortándonos. Así que somos espejo para otros. Somos cartas abiertas para otros, cartas que traen mensaje de salvación, mensaje de amor, de justicia, de paz.   Así como los anuncios se colocan en lugares donde todos los interesados puedan leerlos, así nosotros somos anuncio escrito por Cristo en nuestros corazones, para dar testimonio al mundo.   Por esto, estamos colocados en lugares donde todos pueden leernos: en nuestras casas, en las calles de nuestros barrios, en las oficinas, en las escuelas, en las entidades gubernamentales…, incluso allí en donde equivocadamente pensamos que nadie nos ve. Allí hay anuncios de Cristo, escritos a través de cada creyente que es transparente.   Preguntémonos: ¿somos cristianos transparentes? ¿Se puede leer a Cristo a través de nosotros? ¿Vivimos una vida abundante en el Señor y así lo enseñamos por nuestros hechos?

Podríamos resumir las promesas de Jesús en las palabras del cristiano más grande, quien mejor comprendió el mensaje del Maestro, Pablo de Tarso: “Que la única deuda que tengan con los demás sea la del amor mutuo. Porque el que ama al prójimo, ya cumplió toda la ley. De hecho, los mandamientos: ‘no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás’ y cualquier otro precepto, se resumen en éste: ‘Amarás al prójimo como a ti mismo’. Quien ama no hace daño a su hermano, porque el amor es la plenitud de la ley” (Romanos 13, 8-10).

Las promesas de Jesús son nuestra más grande esperanza.

ORACIÓN

Señor, confío en Tus promesas.  No hay camino más seguro que seguirte a Ti y  encontrar a Tu lado la felicidad.  Señor, cuando el peso resulte demasiado pesado para mis fuerzas, que no deje de escuchar Tus palabras, “vengan a Mí todos los que están cansados y agobiados y Yo los aliviaré”.  Gracias, Señor, porque esta es una invitación para cada uno de nosotros, una invitación de amistad, de ofrecimiento, de promesa, de paz y de vida.  Gracias, Señor, porque Tú eres mi descanso al que puedo acudir en cualquier momento.  Tú sabes bien, Señor, de todos mis cansancios y dificultades y recurro a Ti para descansar en tu corazón.

Perdón por todos los momentos en que me alejo de Ti y trato de reposar en esos falsos lugares que me ofrece el mundo para mi felicidad.  Concédeme la Luz de Tu Espíritu Santo, para vivir en la verdad, no sentirme huérfano y ser transparente en cada momento de mi vida.  Que sea capaz de ver con claridad y reconocerte como mi Señor y mi verdadero descanso. Creo en Tus promesas, Señor. Amén.

Por: Padre José Gabriel Gómez Díaz