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07 Nov [La resurrección nos hace “hijos de Dios”]

En este camino con Jesús, hemos llegado a Jerusalén. También vamos llegando al final de este año litúrgico en el cual hemos seguido, cada domingo, el itinerario del evangelio de Lucas. Concluye también el Año de la Misericordia. Hoy y en los próximos dos domingos, nuestra mirada estará en la meta de nuestro caminar como discípulos y misioneros del Señor, con los ojos fijos en el cielo nuevo y en la tierra nueva que brotan si hay un encuentro personal e íntimo con Jesús.

En este domingo, asistimos a la controversia entre Jesús y los saduceos, en torno al tema de la Resurrección.  Como cristiano, estoy seguro que no nacimos para morir, sino para vivir. La resurrección es nuestro destino de gloria, no es un simple traslado de nuestras condiciones de vida actual, es un verdadero y completo nacimiento a la vida, gracias a la obra amorosa de Dios. Hay una pregunta que debemos hacernos, al terminar el camino del Discipulado hacia Jerusalén: ¿CREO EN LA RESURRECCION? Si digo, ”sí, creo en la resurrección”, hay dos signos que deben acompañar esta respuesta.

Primer signo:

VIVIR EL AQUÍ Y EL AHORA

Como cristianos, el secreto para experimentar la Resurrección es vivir aquí y ahora, es estar consciente de lo que hacemos en el momento presente y así disfrutar cada minuto del milagro de la vida.  Cristo está vivo en cada uno de nosotros, de modo que no nos debe afanar cómo va a ser ese “más allá”, sino cómo descubrir que en el amor está la verdadera trascendencia del hombre.  Quien vive el aquí y el ahora, sabe ver y juzgar con ojos y corazón nuevos, porque tiene la mirada del corazón sobre nuestra vida pasada y presente, sobre nuestra historia personal y colectiva, sobre nuestro hoy, sobre nuestros hermanos y sobre todas aquellas personas que salgan a nuestro camino.   Vivir el aquí y el ahora, nos dará la fuerza de la sinceridad y de la verdad, que tanto necesitamos, aunque nos empeñemos y nos equivoquemos en pensar y en vivir envueltos y rodeados de tantas medias verdades y mentiras completas. Vivir el aquí y el ahora es mirar las cosas de allá arriba. Es recuperar la trascendencia, para llenarnos de la esperanza en la que fuimos salvados, en la esperanza que no defrauda.  Para “buscar las cosas de allá arriba”, donde está Cristo el Señor, necesitamos orar, fortalecer nuestra vida interior, revitalizar nuestras raíces cristianas, ahondar en la verdadera y propia identidad de nuestra fe. Vivir el aquí y el ahora nos convierte en discípulos y misioneros. Nadie da de lo que no tiene. Sólo transformados nosotros mismos, podremos ser levadura nueva de transformación para los demás.

Segundo signo:

TESTIMONIAR CON LA VIDA, QUE DIOS ES UN DIOS DE VIVOS

Jesús enseña que la resurrección no es una simple continuación de la vida terrena. La resurrección nos hace “hijos de Dios”, partícipes de la vida divina.  El cierre del Año de la Misericordia es una ocasión privilegiada para revisarnos, para hacer un examen de conciencia de lo que hicimos y dejamos de hacer y poner todo lo que esté de nuestra parte para seguir pensando modos de acoger la invitación de abrirle el corazón al Señor. La fe en la resurrección es la fe en un Dios de vivos, que da y quiere la vida para todos. La fe en la resurrección no nos saca de la historia, por el contrario hace que nos insertemos profundamente en ella, llevando la convicción de que su sentido último está en la vida.

ORACIÓN

Ayúdame, Señor, a resucitar cada día. Sabes, Señor, que no soy como debería ser.

Hay tantas cosas, Señor, que me hacen olvidar el camino verdadero. Ten, Señor, piedad de estas rutinas cotidianas que me impiden actuar como un verdadero cristiano.  Ayúdame a resucitar cada día, Señor. Ayúdame, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a celebrar con alegría mis pequeñas resurrecciones, para cambiar y transformar mi vida. A reconocer, Señor, que el camino de la Cruz, también es el camino de la Resurrección. Que el saber llevar mis cruces me enaltecen, me acercan más a Ti. Lléname de Ti, Santo Espíritu, para que en mi pobre corazón broten siempre oraciones de alabanza, de alegría, de acción de gracias por esa vida transformada, por ese cambio que se opera en mí por Tu gracia. Amén.

Por: Padre José Gabriel Gómez Díaz