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18 Oct [ La viuda y el juez injusto ]

Lucas 18, 1-8

Después del episodio del domingo pasado, el del leproso samaritano curado por Jesús, aquél que volvió para agradecer, entramos a un nuevo capítulo en Lucas acerca de la oración. Abordando directamente el asunto de la impaciencia ante la injusticia, Jesús cuenta la “parábola de la viuda y el juez”.

Quisiera mirar esta parábola desde otra perspectiva, que recuerdo  haber descubierto en Dolores Aleixandre, una religiosa española del Sagrado Corazón, quizás la mejor teóloga de los últimos tiempos, que fue docente durante más de 20 años en la Universidad de Comillas.

Siempre hemos mirado esta parábola desde la insistencia de la viuda ante el juez. Mirémosla hoy desde la perspectiva de la imagen de Dios-viuda insistente, que llama constantemente y sin cansarse a la puerta de nuestro corazón, esperando que le demos la oportunidad de entrar.

En ese caso, es fácil reconocernos en el juez de corazón endurecido y esta perspectiva de ser buscados, deseados y perseguidos, nos deslumbra como una ráfaga de luz: estamos llamados a creer que el deseo de Dios precede siempre al nuestro, que le resulta un regalo nuestra presencia, que tiene planes e iniciativas y palabras que dirigirnos y que lo mejor que podemos hacer es rendirnos a su persecución.

Dios nos “asedia” para conseguir de nosotros que, de una vez por todas, nos decidamos confiar en su amor.

Por eso el tema de hoy es muy alentador: FRUTOS SI LE ABRO EL CORAZON AL PODER DEL ESPIRITU SANTO. Será escrito en primera persona, porque la elección de abrirle el corazón al Espíritu Santo, que es la fuerza de Dios en nosotros, es exclusivamente personal, nadie puede hacerlo por mí.

Primer fruto: LA ORACION SERA VIDA

Si acepto que el Espíritu Santo entre en mi vida, la oración será mucho más que decir una cantidad de palabras o unas fórmulas contenidas en libros de devoción, que por muy bellos que sean, son experiencias vividas por otras personas.

La oración es un encuentro íntimo con Dios, un diálogo entrañable con la persona que amo y que sé que me ama y en el que se me abre un horizonte nuevo para interpretar mi vida y la forma como debo estar en el mundo.

La oración no es para quedarme en el sueño de un mundo ideal, sino para despertarme y hacerme consciente del papel que tengo como discípulo de Jesús, en la trasformación de mí mismo y por qué no, de mi entorno.

La oración, entendida así, no se reduce entonces al momento del día en el que la hago, sino que se va convirtiendo en un estilo de vida para vivir de la manera más coherente con el proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Segundo fruto: SEGUIR ADELANTE, SIN DESFALLECER

Cuando le abrimos el corazón al Espíritu Santo, su amor nos ayuda a confiar en Él, incluso cuando no comprendemos su modo de obrar en nosotros.

Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. No debemos olvidar, que ¡la oración no es una varita mágica!

En una sociedad como la nuestra, donde se acepta como criterio casi único de valoración la eficacia, el rendimiento y la producción, no es extraño que surja la pregunta por la utilidad y la validez de la oración. ¿Para qué sirve rezar? Esta es casi la única pregunta del hombre moderno cuando piensa en la oración.

Lo importante para muchos es la acción, el esfuerzo, el trabajo, la programación, las estrategias, los resultados… Y, naturalmente, orar cuando hay tanto que hacer, parece más perder el tiempo.

La oración pertenece al mundo de lo inútil. Como es inútil el gozo de la amistad, la ternura de unos esposos, el desahogo con la persona de confianza, el descanso en la intimidad del hogar, el disfrute de la paz de un atardecer…

La vida es un asunto de actitud y la actitud es un asunto de decisión. Yo elijo qué actitud voy a tomar ante las crisis, ante los problemas o ante las situaciones que se me puedan presentar. Una vida con actitud hace la diferencia, porque busco solucionar los problemas, no los dejo ahí, los enfrento.

Como dice el viejo refrán: “Dios decide lo que voy a vivir, pero yo decido cómo lo voy a vivir”. Es mi decisión cómo opto vivir el día de hoy, es mi decisión si resuelvo confiar en Dios para todos los asuntos de mi vida. Si creo que mis problemas tienen o no solución, es mi decisión. Si creo que puedo cambiar mi manera de ver el mundo, es mi decisión.

Todo está en mis creencias y dónde pongo mi confianza. Estoy seguro que los límites los tenemos en nuestras mentes. Mi actitud determinará mis acciones. Puedo seguir creyéndome la víctima o ser el protagonista de mi propia vida; puedo ser esclavo o libre.

Tercer fruto: CONFIAR, ASI HAYA TORMENTAS

Abrirle el corazón el Espíritu Santo es crecer en la confianza que me sostiene en las situaciones más difíciles y me da un potencial increíble de energía para enfrentarme a la vida. Cuando yo me encierro en la desconfianza, me destruyo a mí mismo, me abandono estérilmente a dejarme llevar por el curso de la vida.

Hoy son bastantes los cristianos que se sienten derrotados por la duda. Lo primero, entonces, es confiar; no cerrar ninguna puerta; no desoír ninguna llamada; abrirme confiadamente a Dios, buscar Su rostro, seguir adelante sin desfallecer. Quien se abre al Espíritu Santo con confianza, ya lo está encontrando.

Lo importante es seguir luchando, confiando, así haya dificultades. Una de las mayores emociones en la vida, cuando se siente la presencia del Espíritu Santo, es luchar por lo que se desea, sin temor a caer o fallar. “Caerse para levantarse, no es caerse”, dice el viejo adagio. Es tomar la decisión de luchar por lo que siempre he querido hacer, sin preocuparme por lo que digan los demás.

Los grandes hombres que han triunfado a lo largo de la historia, decidieron seguir adelante por encima de las circunstancias que pudieron haber encontrado, de las situaciones adversas que intentaron ahogar sus sueños, confiando, luchando de día y de noche, porque tenían siempre la mirada en la meta señalada por sus sueños.

Confiar, así haya tormentas, dificultades, es mostrar actitud, es no conformarnos con el presente y seguir siempre adelante.

En síntesis, Lucas nos permite tener una nueva mirada sobre esta hermosa parábola, llamada, “de la viuda y el juez”. La oración, cuando se vuelve vida, es el signo de una esperanza viva que permite recorrer, en el seguimiento de Jesús en su camino a Jerusalén, el tiempo que nos separa del encuentro definitivo con el único que puede colmar plenamente nuestras necesidades. Si le abrimos el corazón al Espíritu Santo, nuestra oración se volverá vida, seguiremos adelante sin desfallecer y confiaremos, aun en medio de las tormentas.

Por: Padre José Gabriel Gómez Díaz